Alimentación Afectiva
Por: Valentina Parra Ocampo.
Durante el primer bimestre de este año, la Comunidad Educativa Zauberland, ha estado indagando algunos temas que explican la alimentación humana. Casi que de forma intempestiva se ha ido integrando el tema con diversos ángulos. Inicialmente, partimos desde dos días de taller sobre Competencias paren
tales y nutrición, que impartieron el psicólogo Raúl Omar Criollo y la nutrióloga Zhihomara Chi, quienes promovieron una visión de flexibilidad, disfrute y de la importancia de tener un pensamiento crítico con la mercadotécnica de dietas, superalimentos y los experimentos que declaran que ciertos alimentos son “buenos” y otros son “malos”; aunque después se diga que lo que hace diez años se volvió una tendencia en la alimentación, hoy se rechace, pues había sido información errónea o sin mayor fundamento verídico que causó la estigmatización o la sobrevaloración de ciertos alimentos o comidas.

Un segundo ángulo fue el punto de partida para la incorporación de lo afectivo, desde el canal de podcast en Spotify “Zauberland para el mundo”, donde pudimos escuchar a la Dra. Laura Elena Martínez, en su plática: Mejorando la relación con mis hijos desde el reconocimiento de los afectos; complementándose simultáneamente con el podcast: Alimentación afectiva, ¿A qué sabe tu propia vida? De esta forma, se configuró el tercer ángulo con la escuela para padres Alimentación afectiva y recientemente se llevó a cabo la escuela para padres: Alimentarnos con color, en una combinación de arte y nutrición.

Esta serie, con capítulos espontáneamente establecidos de la importancia de la alimentación en la vida, los procesos personales y la educación, surge la reconstrucción de sus memorias y de los hechos del mismo en la Comunidad Educativa Zauberland. Hemos sido testigos de un gran interés en los padres de familia, algunos docentes y directivas, quienes fueron evocando recuerdos y vivencias de su propia alimentación en sus familias de origen, de sus estrategias de éxito y algunas de sus incertidumbres en la dinámica alimenticia de sus familias actuales y nucleares. Mostrando en muchos momentos su postura crítica de la información brindada y de sus propias experiencias de maternidad y paternidad.

Es así que no podíamos dejar pasar la ocasión de plasmar por escrito lo recabado para que llegue a muchas más familias, madres, padres, estudiantes, niños y niñas, docentes, guías dentro y fuera de Zauberland.
Una cucharada de lo afectivo
Lo afectivo es un campo con muchos matices, solemos relacionarlo de inmediato al dar y recibir amor, no obstante, lo afectivo también puede relacionarse con lo contrario, con la dificultad o incluso la incapacidad para dar y/o recibir amor. Entender lo afectivo es tal cual darnos cuenta de que es todo aquello que me toca de forma cómoda y también de forma incómoda. Aquello
que me toca es todo eso que se filtra en mí, que me puede hacer figura, aquello que me mueve. Y moverse en el sentido mismo de lo que me motiva, causa mi expansión, agrado, bienestar o limitación, dolor o desagrado.

Es necesario desmitificar algunas ideas que se tienen sobre la motivación, especialmente la tendencia que tenemos al decir que algo “nos desmotiva” o es “desmotivante”. La motivación es algo que siempre se encuentra latente a independencia de que sea agradable o desagradable, se tenga mucha o poca energía, sea cómodo o incómodo, se acepte o se rechace. Esto quiere decir que para ambas contrariedades o hasta polaridades es necesaria la motivación, siempre esta ahí de forma latente. No hay como tal ausencia de motivación, tan sólo la muerte sería la inexistencia de motivación.
La comida es uno de los simbolismos más fuertes y representativos de lo afectivo 3 en el ser humano, en la medida que está ligado a una de las principales fuentes de contacto con las que contamos, el cuerpo. Comemos con la boca que hace parte de nuestro cuerpo, una boca capaz de saborear, morder, degustar. La misma boca con la que besamos como muestra de amor. Unas manos que toman la comida, la agarran, la trinchan, la parten, la seleccionan.
Las mis manoscapaces de tocar, acariciar, palpar, consentir y contemplar. Sin olvidar que esa misma boca también puede emitir gritos, alaridos, palabras de rechazo, de dolor, de rabia y esas manos también podrían empujar, descartar, golpear. Siempre las dualidades, los contrarios, incluso las polaridades, están a la orden del día cuando de lo afectivo se trata. Y es en esas sincronías de nuestra condición de vida donde tenemos que aprenden a danzar.
Alimentación materna

En la misma línea de la relación entro lo afectivo y la alimentación, la madre es una representación primaria de dicha intersección biológica y psicológica, esta condición es lógica y al mismo tiempo intuitiva, al ubicar situaciones concretas como la estancia en el vientre materno, donde somos alimentados de ella a través del cordón umbilical. Posteriormente, la comunión con la leche materna y sucesivamente con la imagen cultural de una madre que más comúnmente que los padres, compra los alimentos, los manipula, los prepara y al principio los pone en la mano o en la boca del bebé en la ablactación. Hasta aquí no solo se refuerza la fuerte relación entre lo alimenticio y lo materno, sino que, se reafirma la profundidad inseparable entre cuerpo y alimento, pues tal cual, la importancia de la madre en la alimentación está dada originalmente porque somos una prolongación física de ella, alimentarnos de su propio cuerpo, siendo así como cabal y principalmente se desencadena consonantemente el contacto emocional.
En este sentido, la alimentación nos permite comprender su profunda relación con la intimidad de los vínculos, lo que de cierta forma explica por qué podemos reaccionar emocionalmente con la comida en excesos e incluso en déficits. Es claro que, con nuestra madre, cuando éramos pequeños a través de la alimentación con el cordón o de la mama, la absorbíamos a ella completita con sus aciertos, infortunios, sus temores, sus alegrías, sus penas, sus incertidumbres y dada aquella etapa incipiente y altamente sensible de la vida en donde somos uno con ella; asumimos, apropiamos e improntamos lo que ella experimenta como nuestra propia vivencia.
Es necesario no perder de vista que estas condiciones de la vida misma en el ser madre, se facilitan de forma más fructífera y nutricia en la medida que la madre es sostenida, soportada, comprendida, captada y asegurada idealmente desde la pareja, padre de los hijos. Se sabe de la alta tendencia a la vulnerabilidad que pueden tener una madre durante el embarazo, parto y puerperio. Sin embargo, un buen sostén convierte su vulnerabilidad en un vínculo protector para su hijo, como una alta fuente de nutrición afectiva que cimienta bases de amor, seguridad, permanencia y captación que perduran a lo largo del desarrollo y a lo largo de la vida. La responsabilidad es tal cual compartida, si es la madre vital, como vital es la pareja, el masculino capaz de sostener con sus cualidades y sus características tan particulares y al mismo tiempo benéficas.
La mezcla de ingredientes sociales, culturales y económicos: Algunas de las circunstancias que nos han llevado en las áreas de la salud y de la educación a forjar discursos, investigaciones y perspectivas del impacto de lo afectivo en la alimentación, es precisamente el aumento epidemiológico en los llamados trastornos de la conducta alimentaria. Las familias que han pasado por el doloroso y a veces devastador proceso de tener un familiar con estos padecimientos, pueden dar cuenta de las múltiples dificultades que enfrentan, la forma como son puestos a prueba y la tremenda confrontación que implica como familia afrontar estas problemáticas. Esta dura realidad ha ido sensibilizando más sobre las implicaciones emocionales de la relación que se establece con los alimentos. Cada vez son más las madres y los padres de familia que quieren saber como prevenir algún padecimiento de la conducta alimentaria al interior de sus hogares.
Es importante rememorar la historia, de tal forma que podamos ubicar que económica y socioculturalmente, la aparición, la intensificación y el aumento de relaciones hostiles y tergiversadas entre lo afectivo y lo alimenticio contiene dos extremos, una dualidad latente que ha implicado pasar de la hambruna, la escasez de opciones alimenticias de siglos pasados; a la abundancia de opciones, colores, formas, preparaciones y mayores posibilidades de acceder a
diversos alimentos durante el siglo XX y especialmente lo que va del siglo XXI, claro está, sin desconocer que aún hay zonas del mundo y de nuestro país donde la falta de comida es un problema de salud pública.
Actualmente, nos podemos dar el lujo de ser selectivos con lo que comemos, de tener información de como desencadenar y hasta paliar o curar enfermedades a través de los alimentos. Son tantas las posibilidades, que muchas veces no sabemos qué queremos comer. El sistema capitalista opera con la insignia del consumo, siendo una importante estrategia la de crear necesidades aprovechando nuestra condición de falta, tener una satisfacción total y/o completa es en sí misma una utopía si tomamos en cuenta que es necesario hacer tres y hasta seis comidas al día para no pasar hambre; puesto qué, así como nos llenamos, nos vaciamos.
Afectivamente, sucede igual si tomamos en cuenta que concretar una relación, una amistad, una pareja, no basta simplemente; día con día es necesario nutrir esa relación para que no se marchite o se extinga o empiece a evocar los vacíos más profundos de nuestras vidas.
Los siglos anteriores a la era industrial y durante la misma, nos muestran que el niño era una figura invisible, un comodín como mano de obra, mensajero, ladronzuelo o hasta oídos de las paredes, aprovechando su pequeño tamaño para meterse por recovecos, así como su alta tendencia a pasar desapercibido.
Su anterior condición de “insignificancia” causó la muerte de muchos niños, otros tantos vivieron todo tipo de abusos, incluidos los sexuales, en una época que normalizaba el maltrato infantil. Muchas historias fueron tejidas con múltiples heridas, siendo muchos de esos niños quienes después se convirtieron en padres. Precisamente historias como la Vendedora de fósforos de Hans Christian Andersen, Oliver Twist de Charles Dickens y El perfume de Patrick Süskind, por nombrar algunas; nos muestran la condición precaria de los niños en aquellas épocas, siendo casi siempre los últimos en comer, vestir, en llamar la atención e interesarse por su bienestar, o incluso los últimos en recibir, o los que nunca recibieron amor.
Paralelamente, era una enorme costumbre que los hogares favorecidos económicamente a la hora de las comidas, llenaban su mesa de múltiples preparaciones alimenticias, y quienes posibilitaban la siembra, cosecha y preparación de dichos alimentos, si acaso recibían las sobras o de plano comían lo mínimo. Llenarse estrepitosamente podía ser parte del ritual de una cena. Y posiblemente estas circunstancias no son tan ajenas en estos momentos más contemporáneos. La diferencia es que anteriormente el acceso a la diversidad de alimentos y preparaciones, solamente era propio de una reducida elite, hoy es algo más común para muchos hogares.
Los padres del siglo XX, específicamente de los años 30 a los 70 aproximadamente, son padres que asumen que mientras haya techo, comida y vestido han cumplido con sus obligaciones parentales, sumado a la idea de tener muchos hijos, a veces uno por año. Evidentemente, la simbiosis entre madre y bebé en estas circunstancias se ve forzosamente cortada y alterada, pues ha llegado otra boca que alimentar. Los destetes eran rápidos y abruptos, o las lactancias podían ser nulas, recordemos incluso la figura tan tradicional en aquellos tiempos de la llamada nodriza. Por otro lado, los hermanos mayores fueron adquiriendo la responsabilidad de velar por los más pequeños y en muchos aspectos fungir simbólica y concretamente como padres o madres. La mayoría de los hijos de estas épocas tenían que aprender a ignorar lo que necesitaban, a insensibilizarse de lo que sentían y continuar para sobrevivir afectivamente.

Las madres eran máquinas de hacer hijos y expertas cocineras. Tantos hijos y tantas labores de casa las fueron llevando a encontrar una forma práctica de dar cariño a sus hijos, esto es, una buena comida. Esmerarse en la preparación de los alimentos, cocinar los platillos tradicionales con ingredientes únicos de las recetas familiares de generación en generación; se fue convirtiendo en la demostración de amor. La boca que come fue por muchas generaciones la única fuente de visibilización de la importancia y la existencia del niño y del hijo.
¿Pero qué importancia se le daba a la boca que tiene voz y necesidad de expresar lo que siente, lo que piensa, lo que ha estado guardando?
cceso a los alimentos dado un mayor ascenso de la clase media, se da tal vez una mayor voracidad en el consumo, pero al mismo tiempo nacen los rituales de obligación. Ahora estos nuevos padres pueden comer mucho de lo que no podían comer de niños, o por falta de recursos, o por tradiciones muy rígidas que no permitían el acceso a otros alimentos. Sin duda, también hay mayor variedad. Desde esta óptica de “ahora podemos comer lo que antes no podíamos comer”, dando un cierto sentido de privilegio, no pueden soportar que sus hijos rechacen ciertas comidas, o se atrevan a decir que algo no les gustó. Es casi un insulto si se toma en cuenta que anteriormente, con familias tan numerosas, no había casi opción de rechazar un alimento, todo había que aprovecharlo y no había tiempo de personalizar las comidas dada la cantidad de miembros que componían una familia.
A partir de los años 70, con un mayor a
Lo que estos padres pierden de vista es que sus familias ya son más pequeñas, sus hijos ven totalmente normal que haya tanta variedad y cantidad en una alacena y además ya existen numerosas publicidades de alimentos en vayas, radio y televisión. Además, aparece en las escuelas la figura de la lonchera donde los niños llevan comida de sus casas, lo que les da acceso a comparar lo que traen los demás. Antiguamente, había una comida comunitaria en las escuelas y a todos se les daba lo mismo.

Dado este choque cultural, actual y generacional, los padres puedes empezar a obligar a comer sus hijos en frases comunes como “no te levantas de la mesa hasta que te comas todo”, “rechazar o votar la comida es un pecado”, “A tu edad yo no podía comer lo que té estás comiendo”, “éramos tantos que nos tocaba solamente un poquito o ni siquiera nos tocaba porque lo mejor era para los mayores o solo para el papá”, “no puedes ir a jugar si no te comes la comida”. Si esto sucedía o sucede de forma muy constante y se va repitiendo durante algunos días de una misma semana, en el mismo mes, durante todo el año o años, va generando un tipo de anclaje muy negativo con la comida que posteriormente se traslapa a otros aspectos de la vida. Igualmente, a esta condición puede sumarse el desagradable y desatinado ritual de hablar de temas difíciles que tensan la dinámica familiar y sacan lo peor de los miembros del sistema familiar a la hora de la comida, momento en el cual comúnmente muchas familias se reúnen.
La repugnancia
Contamos con un mecanismo crucial en términos psicofisiológicos en los momentos que rechazamos, no nos acomoda o no nos sirve lo que intentamos comer. A través de la repugnancia podemos escupir, devolver, decir: “No quiero”, “no deseo”, “no me gusta”. Empero, culturalmente existen muchos prejuicios hacia la repugnancia; desde los rituales de obligación que nombrábamos anteriormente, las creencias de que deshacerse de la comida es una falta grave o un pecado en términos religiosos, una falta de educación, un desprecio. supuestamente al no valorar el esfuerzo que hay detrás de que cierta comida estuviera en la mesa.
Fuimos y en muchos hogares todavía somos particularmente severos con los niños cuando de una forma tan espontánea y natural muestran desagrado, procurando regresar y no seguir en contacto con lo que acaban de ingerir. Por muchos años los castigos a este tipo de actos se tornaron supremamente violentos, desde golpearlos físicamente, embutirles en la boca la comida a la fuerza con la insignia de que “al que no le gusta el caldo se le sirven dos tazas”, dejarlos sentados por horas en una mesa con la orden de que no podrían levantarse hasta terminar la comida. También se han infringido chantajes emocionales de “si no me comes, no me quieres”, donde comer la comida, independientemente del gusto o el disgusto que causará, era y es todavía una forma simbólica de valorar y amar a la persona que los prepara. No comerlos es un acto de desamor, pero ¿no es acaso un acto de profundo desamor violentar a un pequeño o a una persona por no comer lo que se le ha preparado?

También existen preocupaciones reales de que es necesario que los niños consuman ciertos alimentos, los cuales otorgan nutrientes esenciales para su desarrollo. Mientras la violencia no sea el mecanismo, con paciencia, con intentos en diversos momentos en el paso del tiempo, los niños de a poco van aperturándose a probar o saborear lo que antes han rechazado. El lenguaje y, en conjunto, las explicaciones pueden ir sembrando en ellos el sentido de importancia de consumir ciertos alimentos.
Cabe mencionar que en la gran metáfora de vida que puede ser nuestros modos de alimentarnos y relacionarnos con la comida, el manejo y el permiso que nos hayan dado nuestros cuidadores y que de adultos nos permitamos nuestro propio mecanismo de repugnancia, será trascendental a la hora de impactar en otros aspectos de nuestra vida, como la exigencia total a nuestro propio respeto, limitarnos y limitar lo que no nos causa bienestar, movernos de lugar o de relaciones que nos lastiman.
Desde la teoría del hambre, la agresión y la autoregulación organísmica del modelo de la terapia Gestalt, se plantean cuatro niveles del mecanismo de la repugnancia. Los dos primeros enfocados a lo esperado y lo adecuado que nos llevaría al bienestar; mientras que los dos últimos nos hablan de un deterioro e insensibilización que no solamente dan como resultado un gran malestar, sino que provocan un alto riesgo para la salud afectiva:
1. Escupir la comida.
2. Poder decir “No quiero”.
3. Tragar entero (alteración).
4. Decir “Me gusta” y pedir más (instalación).
Evidentemente escupir o rechazar la comida o cualquier otra cosa, cuando algo no nos gusta, es lo adecuado, lo que tendría que ser reforzado, estimulado y hasta aplaudido. Ser educados de forma que lo más importante sea que tan bien o que tan mal estoy con algo en particular y tener libertad o incluso ser acompañado para poder ser congruente con eso que siento y actuar en consonancia, es lo ideal. Este es un modo de potencializar el valor hacia sí mismo, la capacidad de limitar y limitarme, de amar mejor, de disfrutar, de tolerar la frustración, ser proactivo, creativo, visualizar con mayor facilidad soluciones a los problemas o dificultades inevitables de la vida y una gran capacidad para movilizarse.

Sin embargo, la aceptación y el acompañamiento a lo que sabiamente identificamos que no nos agrada, puede ser contradictoriamente lo menos común, lo más extraño y lo más penalizado en términos afectivos. Cuando obligamos a comer a un niño lo que no quiere comer o lo castigamos por no hacerlo, lo estamos sometiendo a un exceso de responsabilidad afectiva que no le corresponde, por el sólo hecho de creer erróneamente que el infante tiene la responsabilidad de agradarnos o en su caso extremo hacernos felices o sostenernos emocionalmente.
Cargar a un infante con una responsabilidad afectiva que no le corresponde, lo pondrá en una condición de alto riesgo en su integridad física, psicológica y espiritual. Esto equivale a programarlo para que llegué a ser muy susceptible a vivenciar abusos de todo tipo en distintos ámbitos relacionales y áreas de su vida, ante la búsqueda desesperada de ser aceptado, querido e incluido.

Se van convirtiendo en personas muy vulnerables que cuidan muy poco de sí mismas en aspectos cruciales de su vida, incapaces de poner condiciones, creyendo que deben aceptarlo todo a cambio de nada. No pueden ver su valor ni la dignidad que poseen tan solo por el hecho de existir. Corren el riesgo de convertirse incluso en personas totalmente insensibles de sí mismas, capaces de forzarse, someterse e irse en contra de sí mismas en muchos momentos.
Puede parecer increíble que algo aparentemente tan simple pero tan crucial como aceptar y no penalizar la repugnancia, es un regalo para fomentar la apropiación que una persona tiene de sí misma, disfrutar más y mejor. Es de algún modo un seguro de vida en términos afectivos.
El procesador culinario marca neuronal

Neuropsicológicamente, se encuentran algunos elementos que refuerzan la relación entre lo afectivo y lo alimenticio. Recientemente, una investigación realizada en la Universidad de Salamanca, pudo confirmar que áreas frontales del cerebro codifican información relacionada con la recompensa y el autocontrol durante las elecciones de los alimentos . Por ejemplo, la activación de la ínsula procesa información relacionada con el sabor de los alimentos y su valoración hedónica. Las conductas de repetición o los rituales de comida juegan un papel importante en la activación de los circuitos neuronales en respuesta a las señales de los alimentos. En este sentido, si se convierte en algo cotidiano, acostumbrado o normalizado el hecho de comer algo dulce en un momento de frustración, hay una impronta, una huella cerebral que conduce a una asociación condicionada entre la recompensa de alimentos y el estado de ánimo negativo.
Estudios anteriores demostraron que en el sistema dopaminérgico mesolímbico, el estriado dorsal, está involucrado con la emoción en la regulación del comportamiento alimentario. Así mismo la corteza prefrontal, la corteza orbito frontal, la amígdala, el hipocampo y la sustancia negra regulan condiciones motivacionales e incentivadoras de los alimentos y su relación con el placer.

Reafirmando nuevamente que los actos de alimentación que se llevan a cabo no propiamente por regulación fisiológica sino por causas afectivas y motivacionales, puede deberse a episodios repetidos de alimentación durante los estados de ánimo, que llevan a relacionar un goce por lo menos momentáneo entre un alimento que calma o compensa una emoción o una situación.
Desde un punto de vista psicoanalítico, el goce otorga un porcentaje muy pequeño de gusto en comparación al alto porcentaje de malestar que genera. Esto explica por qué es tan común que la culpa pueda hacer su aparición o simplemente la sensación de pesadez o indigestión estomacal; cuando se ha caído en algún exceso, en la ingesta de alimentos. El goce se puede reflejar en haber comido alimentos que por una condición especial de salud no son convenientes, sobre todo cuando la ingesta ha sido impulsiva, sin contacto o conciencia alguna de porque y para qué se ha decidido comer de determinada forma.
No hay que perder de vista que el estrés promueve en un organismo la segregación de ciertas sustancias que pueden determinar la reacción y relación de las personas con los alimentos. Existe una condición denominada “Paradoja del estrés y la comida” 7 siendo que el estrés puede desencadenar inapetencia o incluso un apetito mayor al acostumbrado, dependiendo de la persona o incluso del momento de vida o del estado en el cual se encuentre. El estrés puede
afectar incluso la lentitud o la rapidez con la que una persona ingiere, mastica y saborea sus alimentos y en sí existen o no en su sistema digestivo, las condiciones óptimas para digerirlos y procesarlos adecuadamente.
Existen alimentos que pueden producir opiáceos endógenos 8 , como las endorfinas y la serotonina, produciendo sensaciones placenteras que aparentemente ayudan a sobrellevar el estrés aunque de un modo momentáneo, porque también podrían desencadenar otro tipo de dificultades que pueden alterar fisiológica o emocionalmente a una persona.
En algunas investigaciones sobre la psicobiología de la conducta alimentaria, se pueden encontrar diferentes estudios que encuentran incidencia entre una cultura de restricciones alimentarias muy rígidas o incluso prohibidas; en términos de cantidad, tipo de alimento y horario que puede promover en muchas personas una sensación tal de privación fisiológica y psicológica, que puede llevar a conductas excesivas compensatorias, a ideas fijas y constantes sobre la comida a lo largo del día y por supuesto a estados de ansiedad con la comida.

A grandes rasgos podemos ver que el peso de la cultural es crucial a la hora de definir los modos como nos relacionamos con los alimentos. Si bien nuestra neuropsicobiología también es determinante, la misma es casi como un campo virgen o un libro en blanco que va generando moldeamientos, asociaciones y aprendizajes basándonos en lo que vamos captando cultural y socialmente. En este sentido, absorbemos lo que vivenciamos en medio de las tradiciones familiares y las expectativas sociales. Igualmente, tenemos la capacidad de desaprender y romper hábitos y aunque puede costar “ciertamente cuando se insiste los hábitos tienden a desaparecer”, lo que marca que por supuesto es totalmente viable cambiar el modo como nos relacionamos con la comida, si nos damos cuenta de que esta nos deja mucho goce y poco gozo.
El goce como ya lo vimos, tiene más de malestar que de placer y comodidad. El gozo, por el contrario, implica esfuerzo y trabajo para hacer cambios cruciales, brindarle una nueva información a nuestro sistema neurológico y endocrinológico, que podamos reafirmar día con día, permitiéndonos transitar hacia un gran disfrute por lo que a nuestra alimentación se refiere.
Disponernos a recibir nueva información, implicará en muchos casos romper o cortar con mandatos familiares, mitos generacionales, lealtades, complacencias con seres queridos y/o amistades, que hasta el momento habíamos puesto por encima de nosotros mismos. Quedarnos en lo mismo que nos incomoda para evitar la frustración, la decepción o la incomodidad de quienes conforman la cultura de relación con los alimentos que hemos aprendido y que nos aporta poco bienestar fisiológico y psicológico, implicaría permanecer en el goce, esto es, obtengo un gusto viéndolos a ellos bien conmigo, aunque yo cargue con un gran malestar por seguir las mismas formas, rutinas y relación con los alimentos.
Transitar hacia el gozo es tal cual, hacer, aprender, insistir y esforzarme por incorporar una nueva rutina, un nuevo modo de captar y digerir el cómo me alimento, lo cual me otorga una gran ganancia; con la salvedad de que algunos de mi círculo estarán incómodos de momento, porque si en realidad me valoran y me aprecian terminarán por respetar mi forma y seguiran, por otro lado, intercambiando todo lo demás qué juntos podemos compartir. Y si la relación ya
no tiene como sostenerse por mis cambios en la relación con los alimentos, es posible que la misma se sostuviera por la comida, una tradición muy común, como hemos podido ver, derivada de épocas antiguas que aún no hemos terminado de trascender.
Encender el fuego para la cocción.

El cuento: la vendedora de fósforos, ilustra claramente el hambre en todas sus dimensiones, hambre de alimentos, hambre de calor, hambre de contacto, hambre de amor. Igualmente, nos pone en evidencia la gran invisibilización en la cual se encontraban los infantes entre más antigua fuera la época, como ya pudimos mencionarlo. Cuando el hambre en cualquiera de estas dimensiones no es atendida y saciada, será fácil caer en dos extremos que representan un total abandono de sí mismo.
En el primer extremo, una persona tenderá, por supuesto, a tratar por todos los medios de obtener el contacto, el calor y/o el amor; pero en medio de la desesperación, la tendencia será a valerse de lastimar su propia dignidad, siendo esta una forma de abandonarse y de descuidarse a sí mismo. “Debo comer o abrigarme, no importa si ruego, recibo las sobras, las migajas, comida alterada o en mal estado, ropa sucia o rota”, volviéndose como un mendigo.
En el campo del hambre de contacto o de amor, esto equivaldría a recibir muy poco en la medida de lo que se da, ser castigado por no hacer lo que el otro quiere, ser señalado y juzgado en lo más mínimo; recibir momentos de mucha indiferencia donde erróneamente se cree, que hay que esforzarse demasiado para lograr afectar al otro, de tal forma que pueda poner atención a su persona.
Y en casos más lamentables, esta misma persona puede estar dispuesta a los gritos, a los golpes y muchos tipos de abusos emocionales, incluidos los sexuales, creyendo distorsionadamente que por lo menos así sacia su hambre de contacto y de amor, ya que aunque sea de esa forma, llegará a ser tocado por el otro, aunque sea de la peor forma posible.
Un segundo extremo que nos habla del mismo abandono de sí mismo, puede darse también cuando la persona se conforma o termina resignándose a su hambre y no hace nada para movilizar la necesidad de saciarla. Se entrega a su vacío no para hacerle brotar y déspues florecer, sino petrificado, resignándose a su situación, anhelando lo que no puede tener. Se considera a sí mismo incapaz de obtener por sus propios medios el alimento que le hace falta. Ni siquiera puede identificar, contactar y tomar en sus manos sus propios recursos, asumiéndose totalmente incapaz para darse alimento con lo que él o ella por su propia cuenta puede crear o hacer.

Clarissa Pinkola, teórica de la psicología analítica jungiana, nos habla, precisamente, que los fósforos o los cerillos representan la luz 10 , los recursos y con lo que cuenta cada persona. En la historia vemos a la pequeña, dueña de los fósforos en los dos extremos, primero procurando a toda costa venderlos a quien sea, esto es, “entregar la propia luz a cualquiera, que dé lo que quiera dar”.
Al conocer el relato, puede ser inevitable no pensar que la niña es muy ilusa por creer que alguien puede querer comprarle unos “insignificantes” fósforos; precisamente porque en la vida no todas las personas van a poder resonar, vibrar, empatizar y sentir interés con lo que se es. En este sentido, no es válido, ni provechoso y mucho menos estratégico, entregarle a cualquiera que sea la luz propia; con las cualidades, capacidades y virtudes que contiene, en definitiva, “lo que soy”, solamente porque se quiere ser visto o querido a costa de lo que sea. Es muy factible que “el hecho de que una persona no pueda verme o resonar conmigo”, implique un alivio y hasta una bendición para la vida, pues seguramente es un individuo que tampoco tiene nada que aportar a la luz, pues su incapacidad, frialdad, indiferencia, oportunismo o maldad podría hasta poner
en riesgo el fulgor de la llama.
En un segundo acto, vemos a la niña doblegada y solitaria, incapaz de alimentarse, darse calor, contacto y amor a sí misma. Resignada, decide perderse en sus ilusiones, sin hacer nada por concretarlas en acciones reales 11 . Poco a poco empieza a encender cada uno de los cerillos impulsivamente, desperdiciándolos, disipando su propia luz; haciendo que esta se extinga para siempre, al punto que no puede enterarse o en su defecto termine olvidando que ella puede ser un recurso suficiente capaz de hacer cosas por ella misma que le permitan cultivar y cosechar su vacío, saciar su hambre y continuar para saciarla las veces que sea necesario, contando siempre con lo más valioso que posee, ella misma.
Los dos actos del cuento, los dos extremos que denotan un gran abandono, se describen como “hacerse frío a sí mismo” 12 , congelarse a tal punto que en el primer caso la persona se desensibiliza del desamor, el maltrato, la indiferencia; insistiendo en lo mismo, llegando a creer incluso distorsionadamente que todo lo anterior son formas del amor, o lo mejor que se puede recibir dado el concepto equivocado y disminuido que se tiene de sí mismo. En el segundo caso, es tanta la frialdad que se va dejando apagar, se va dejando morir sin darse cuenta. La inmovilidad y el conformismo congelan a la persona hasta llevarla a la hipotermia.
Boris Cyrulnik, un gran teórico psicodinámico y existencialista, con un amplio trabajo de investigación con los niños y los adultos con infancias muy difíciles; nos enseñó, que construir una buena vida, ser tratado con profundo respeto, tener éxito y estar en bienestar, es algo que se puede conseguir por el solo hecho de haber tenido en la infancia o adolescencia una única persona que hubiera brindado un trato con respeto, gentileza, empatía y/o amor. Una única experiencia es suficiente para conformar una buena vida e inclusive trascender.
Cyrulnik, no señala ni siquiera la necesidad de haber sido amado por lo menos una vez o por una persona, sino haber sido tratado adecuadamente, con una actitud amorosa que no es lo mismo que amar, esto es, “que aunque esa persona no me amara, porque talvez no me conocía lo suficiente, o fue una persona con la que solamente se pudo coincidir una vez en la vida o simplemente fuera un vecino o conocido, fue gentil, amoroso, empático”.
Dicha experiencia es un ancla con espejo que puede reflejar el valor que se posee como persona, mantener o engrandecer la luz encendida, ayudar a captar la dignidad impajaritable que se posee por el solo hecho de existir. Al respecto el asunto principal que marca la profunda frialdad en la que cae la pequeña vendedora de fósforos, es precisamente la indiferencia 13 , la falta total de una experiencia de ser no solo vista, sino tratada con gentileza, empatía y/ actitud amorosa. En el cortometraje de la historia, él unico adulto que aparentemente la ve, se acerca a ella solamente para bajarla de una superficie donde figuradamente interrumpe o quita visibilidad, pero nunca para preguntarle “¿cómo te encuentras?, ¿qué necesitas?, ¿dónde están tus padres?, ¿quién te cuida?.” O “aquí están estas manzanas, te traje esta manta, te invitamos a sentarte esta noche en nuestra cena de Navidad”. No le ofrecen ninguna alternativa.
“El hecho de estar con personas reales que nos confortan, nos apoyan y ensalzan nuestra creatividad es esencial para la corriente de la vida creativa. De lo contrario, nos morimos de frío. El alimento es un coro de voces tanto interiores como exteriores […] No sé muy bien cuantos amigos se necesitan, pero esta claro que por lo menos uno o dos que nos digan que nuestro don, cualquiera que éste sea, es pan del cielo.”
Está claro que cualquier momento o etapa del desarrollo de la vida en que una persona, así sea adulta, haya sido vista y reconocida por primera vez, alcanza para empezar a encender la llama, aunque esta se hubiera apagado aún queda en el cerillo suficiente cera o madera para encenderlo o aunque el fuego hubiera estado a punto de apagarse, o simplemente para avivarlo más y más.
Después de todo, cada uno de nosotros, en el instante mismo de la procreación, se nos enciende la llama por primera vez, teniendo que intensificarla y esparcirla al nacer.
Es necesario ver a los niños y cuidar su llama encendida, alimentarla, identificar sus fuentes inagotables de creatividad y fomentarlas. De la misma forma los niños necesitan ver a su madre y su padre con sus llamas encendidas, trabajando por su deseo, vivificando sus fuentes esenciales e inagotables de lo que son capaces de forjar y crear a independencia del hecho mismo de ser pareja, padre, madre, hijo, hija, amigo, amiga, esto es, trabajando en un profundo, tajante y determinante sí mismo, que mantiene encendido, exalta y que por lo mismo le permite construir y sostener mejores vínculos con sus seres queridos, amados y deseados.

Tenemos claro que los niños y los seres humanos también podemos aprender por modelamientos. Es una imagen dolorosa y en ocasiones devastadora psíquicamente para un infante, hijo o hija, captar que uno de sus padres o los dos, visten los andrajos de mendiga de la vendedora de fósforos, en su vínculo matrimonial, su situación laboral, sus relaciones familiares o con amistades, esto más o menos equivaldría a estar siendo llevados de la mano por un cuidador que se va congelando y petrificando poco a poco, sin darse cuenta de que con su estancamiento o su creencia de que no cuenta con muchos recursos o de que no puede moverse de lugar, de a poco va enfriando el ser de su propio hijo.
En la fascinante novela mexicana, tan rebosante de metáforas: Como agua para Chocolate de la escritora Laura Esquivel, se hace una alusión a la posesión de una caja de fósforos desde el mismo nacimiento 16 . Desde esta perspectiva, para encenderlos se requiere de óxigeno y una vela, siendo que el óxigeno representa el aliento de una persona querida o amada; la vela simboliza aquello capaz de provocar la explosión hasta que el fósforo de a poco se apaga, para que después se pueda encender otro y reavivar la llama.
“ […] Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas
explosiones para poder vivir, puesto que la combustión que
ocurre cuando uno de los fósforos se enciende es lo que nutre
al alma. Ese fuego, en resumen, es su alimento. Si uno no
averigua a tiempo qué cosa inicia esas explosiones, la caja de
fósforos se humedece y ni uno solo de los fósforos se
encenderá nunca”.

Lo que requiere cada persona para sentirse nutrida es, en realidad particular, único en sí mismo. Es necesario averiguar lo que enciende o vivifica la llama en nosotros mismos como adultos y en nuestros pequeños, de tal forma que podamos enseñarles que la mayor responsabilidad de sus vidas es mantenerse encendidos con la fuente de sus más esenciales deseos, descubrirlos si es que aún son desconocidos, habitarlos, explorarlos y llevarlos a sus máximas expresiones. Solamente hay un deseo común que podemos compartir como seres humanos: este es, la máxima obligación de exaltarnos, dignificarnos, elegirnos y amarnos en primer lugar.
La merienda

Algunas puntuaciones que podemos realizar a modo de conclusión son:
- El campo de lo afectivo recorre todo aquello que toca, mueve, que no pasa desapercibido. Desembocando sentimientos de bienestar o malestar.
- La motivación es un componente clave de lo afectivo, una pulsión que lleva al movimiento o a la quietud, a la comodidad o la incomodidad. Es una condición misma del hecho de estar vivo.
- La alimentación es una representación literal y simbólica de la afectividad. Literal, porque está ligado al cuerpo que se nutre del alimento, de la mano y la boca con que se toman y se comen los alimentos. Simbólica porque el mismo cuerpo en el cual se conforman las emociones es capaz de expresar con palabras, con caricias, con silencios o con golpes, la aceptación y el rechazo, el cariño y el desprecio, el gusto y la rabia. Ese simbolismo se extiende a lo que somos capaces de tomar de la vida, degustar, saborear, escupir, digerir y eliminar, como nuestro mismo proceso digestivo.
- La madre es el pilar de la alimentación afectiva, somos contenidos y alimentados por ella desde el vientre materno, lactados por la leche que su cuerpo es capaz de drenar para nuestro crecimiento, desarrollo psicofisiológico, incluso para la formación y el fortalecimiento de nuestro propio sistema inmunológico. La simbiosis propia que tenemos con nuestra madre nos hace en edades tempranas uno con ella, donde asumimos como propio todo lo que ella vivencia sensitivamente.
- Esa madre capaz de nutrirnos esencial y afectivamente requiere de un gran sostén emocional que le permita conformar un vínculo protector con su bebé. El padre, pareja sería idealmente quien otorgue dicha contención. No obstante, de no contar con dicha figura se requiere una red de apoyo que replique este gran apoyo afectivo.
- Muchas costumbres, creencias y, en definitiva, la relación que comúnmente tenemos con la comida y la alimentación, son el bagaje de una memoria histórica y a un fuerte bagaje cultural de cada época que nos antecede. Desde la hambruna, la rigidez en preparaciones y rituales de alimentación, las clases socioeconómicas excesivamente favorecidas y las no favorecidas, los roles familiares hasta nuestra contemporaneidad donde se acrecienta el consumismo, la diversidad de alimentos y preparaciones, el exceso de publicidad en miles de opciones alimentarias, una mayor facilidad de acceso a ciertos alimentos. Hemos pasado de considerar el comer como un privilegio a generar rituales de obligación para que los niños coman.
- El niño fue por muchos siglos una figura invisible, casi siempre el ultimo en ser tomado en cuenta, el último en comer. El niño de siglos anteriores careció de muestras de afecto, de atención, protección y hasta nutrición, en muchos sentidos fueron niños que crecieron siendo adultos con hambre de alimento, contacto y cariño. Muchos de estos niños son los abuelos y los padres que hemos tenido o tenemos y su historia marca su forma de relacionarse en términos afectivos con sus hijos.
- La epidemia actual de trastornos de la conducta alimentaria es una combinación del andamiaje sociocultural que ha dejado vestigios importantes que chocan con la premisa capitalista actual, que aprovecha nuestra condición de falta, con lo cual somos susceptibles a ser instigados a la trampa del exceso o de querer acapararlo todo con la esperanza de lograr una satisfacción absoluta o de creer que un velo puede apartarnos de la realidad.
- El mecanismo de la repugnancia es útil no solo para deshacernos de la comida que no nos agrada, sino también para rechazar, apartar y no soportar aquello que en la cotidianidad nos incomoda o incluso nos lastima. Castigar la repugnancia cuando un niño rechaza el alimento, puede equivaler a enseñarle a insensibilizarse y aguantar todo aquello que no le gusta. Generándose así, un alto riesgo en el desarrollo psicosocial del niño, haciéndolo propenso a ser complaciente, sufrir de abusos y ser vulnerado a lo largo de su vida como adolescente y posteriormente como adulto.
- Neuropsicológicamente existen áreas del cerebro que captan la relación entre un alimento, el placer que otorgan y su utilidad para sobrellevar momentáneamente estados emocionales de incomodidad. Igualmente, bajo situaciones de estrés, el organismo tiende a segregar ciertas sustancias endocrinológicas que desatan conductas de exceso o déficit en la alimentación. Asimismo, los actos de repetición instauran una especie de huella cerebral que facilita que las personas bajo ciertas circunstancias se comporten y se relacionen con la comida de determinada manera.
- Con constancia, determinación, pero sobre todo con contacto y conciencia, es posible romper creencias, mitos, legados y comportamientos que han determinado que tengamos cierta relación y/o reacción con la comida. El cerebro es muy capaz de aprender, desaprender y volver a aprender un modo diferente de hacer ciertas cosas. Una de las mayores dificultades para llevar a cabo estos cambios tiene que ver con las tradiciones familiares y la marca cultural tan arraigada que existe de que si no comemos lo que otros quieren que comamos estamos faltando de amor y reconocimiento a quien nos prepara o nos otorga ciertos alimentos. Remarcándose los rituales de obligación con la comida que tanto daño generan a la autonomía.
La vendedora de fósforos es uno de los cuentos infantiles más significativos para hablar de la alimentación afectiva. Allí se encuentran metáforas que hablan de las distintas dimensiones del hambre. De la capacidad o la incapacidad para apropiarnos de nosotros mismos, del profundo daño que genera la indiferencia o la hoy llamada “ley del hielo”. De la importancia del contacto, de manifestar nuestra capacidad de ver a las personas, a los niños. De mostrar verdadero interés por saber como se encuentran quienes nos rodean, de dejarnos tocar o conmover por la vulnerabilidad del otro. Un solo acto de bondad o de empatía puede ser una semilla suficiente para que una persona, en circunstancias muy difíciles, pueda florecer; anclándose así, del punto de referencia de haber sido reconocido y apreciado por alguien.
… Que puedas alimentar tu cuerpo, tu alma y tu espíritu. Que tu vida nutra a los que amas y a todos aquellos que puedan valorar y apreciar lo que eres. Que por sobre todas las cosas puedes degustar, saborear, masticar, digerir y entrar en profunda comunión con tu propia vida, con tu esencial sí mismo.
