Por: Valentina Parra Ocampo¹

Vivimos como sociedad con una creencia arraigada y sobreestimada en el “hacer” como obligación para poder habitar y generar una adaptación a este mundo. A pesar de las enseñanzas que circulan y que hemos ido volviendo populares, aunque provengan de saberes más antiguos como “El valor de vivir el presente”, “No todo se puede controlar”, “En la vida todo se va resolviendo”, “Nunca es tarde”, la realidad es que la mayoría de las personas estamos alejadas de vivirnos así; en la cotidianidad hay culpa por no haber hecho lo que no se sabe que habría sido suficiente, temor por lo que se suele llamar “perder” el tiempo y, por ende, una necesidad de control constante sobre muchas variables que hagan la vida aparentemente menos desafiante, pesada o dolorosa.
Existe la enorme creencia de que hacer hasta el agotamiento es meritorio, nos hace acreedores de algo más colosal, de un placer que llegará en algún momento, de algún tipo de seguridad que, al obtenerla, podremos al fin descansar. Sin embargo, al obtener algo más cuantioso, no llega el descanso; por el contrario, hay que estar vigilantes para mantenerlo, pendientes de cómo agrandarlo. Detenerse puede ser considerado un conformismo o estancamiento, que puede causar la pérdida de nuevos retos y oportunidades.
Esta consigna de “valemos por lo que se hace y no por lo que se es” es trasladada a todos los rincones y áreas de nuestra vida, tanto en las cosas prácticas como en los asuntos vinculares con otras personas y en la relación que sostenemos con nuestro sí mismo. Consideramos que seremos amados por lo que hagamos por el otro; me acerco a un sentimiento de cariño hacia mí mismo cada vez que hago algo bien o aclamado por otros y me trato con desdén o desprecio cuando he cometido errores o estos son señalados.
Así mismo, medimos el valor de nuestra maternidad o paternidad por la asertividad, las acciones realizadas, la paciencia, lo atinados que sean los límites, la disponibilidad y el buen ánimo, idealizando que todo puede estar alineado en conjunto con otras áreas de la vida, como el trabajo o una profesión, una posible pareja, una familia extensa, amistades que cuidar y actividades de esparcimiento.
Hablamos entonces de la creencia de lo que sería un ideal, ser eficiente y generar rendimiento en todas las áreas al mismo tiempo, ¿pero esta es la realidad, aún más cuando se es madre o padre?
¿Es la perfección de los padres una necesidad real de los hijos o una exigencia cultural que en parte termina agotando a quienes cuidan?
La realidad de nuestra actualidad nos muestra algo diferente. Se ha instalado en nuestra época de manera cada vez más frecuente el llamado “síndrome burnout”. Originalmente fue identificado en la práctica de la medicina por el extremo agotamiento de residentes y practicantes que doblaban turnos sometidos a altos niveles de estrés, de responsabilidad, de situaciones inesperadas y difíciles, malnutrición, pocas horas de sueño y uso de estimulantes para permanecer activos. Sin embargo, dicho síndrome se ha podido identificar en otras esferas profesionales y ámbitos de la vida, incluida la parentalidad.
El agotamiento en la parentalidad
A grandes rasgos, el agotamiento parental se define como un estado de cansancio físico, mental y emocional que aparece cuando las exigencias de la crianza superan de manera sostenida los recursos personales, emocionales y sociales de los cuidadores. Algunos padres en sus narrativas expresan lo siguiente:
“Siento una pérdida de mí mismo como padre”. “Se me ha borrado el brillo, apagado la intuición, tengo la sensación de haberme quedado hueca, drenada, sin alma para sostener más”. “(…) Es como si cargara a mis hijos con un corazón que ya no tiene batería”. “Sigo aquí y aquí están mis hijos, pero no me reconozco y eso me aterra”.

Tenemos entonces que el riesgo al agotamiento puede ser común ante situaciones con los hijos que generan incógnita a los padres, es decir, no saben cómo actuar, cómo resolver o han acumulado varias soluciones intentadas sin una movilización o un resultado óptimo, cuando los padres deben obedecer a distintos ámbitos como trabajo, profesión, familia extensa, situaciones difíciles entre pareja y más hijos que atender. Las enfermedades que pudieran presentar los hijos en diversos momentos o incluso un hijo que ha nacido con una situación congénita que amerita cuidados y una atención especial, entre otras circunstancias posibles, incluso estar viviendo una situación personal difícil de resolver y al mismo tiempo sentir la presión de tener que responder por otros ámbitos de la vida, incluida la parentalidad.
Si bien el agotamiento parental es algo que también puede presentarse en los padres, es más común el fenómeno en las madres. ¿Cuáles podrían ser algunas razones? Anteriormente, era común que las familias tuvieran más hijos en relación con los hijos que se suelen tener en la época actual. Las madres en esos momentos dedicaban su tiempo y energía exclusivamente al hogar, y aunque sin duda podía o puede ser demandante dedicarse de lleno a la casa, la creencia o lo esperado era que las mujeres estuvieran allí; no se sentían interpeladas en su percepción de valor como personas por una vecina, hermana, prima o amiga que tuviera una actividad distinta enfocada en su desarrollo o realización individual y, si sucedía, eran casos extraordinarios o aislados. Por otra parte, la información que circulaba en aquellos momentos en relación a los hijos era sobre la importancia de cumplir sus necesidades básicas. Esto es darles un techo, alimentación, vestimenta y, con suerte, una educación de calidad. Faltaba información sobre las necesidades emocionales, la atención y la conexión con los hijos. Era en sí misma la condición de casi todas las familias, de una vecindad, de una comunidad.
En la posmodernidad y cada vez más frecuentemente, las madres tienen múltiples actividades entre el hogar, la profesión y otras áreas de acción. Procuran obedecer a todos esos espacios, sumado a una alta competencia entre las mujeres. Esto ocurre al medir a través de otras mujeres la calidad de su maternidad, de su forma de trabajar, del nivel o incluso la cantidad de miembros en sus grupos de amistades, viajes familiares, desarrollo y realización personal. Al mismo tiempo, es importante recalcar que el desarrollo familiar y profesional no garantizan un progreso personal en sí o una autorrealización. Poseer múltiples actividades o tener un trabajo pueden ser fuentes necesarias y de sentido de vida, pero no están automáticamente ligadas a una plenitud personal de desarrollo y realización.
Así mismo, la información juega un papel importante; cada vez hay más fuentes verídicas que reportan la importancia del cuidado emocional con los hijos, de la conexión con los mismos. Como padres y madres, se puede experimentar muchas veces una gran presión si notamos dificultades en esa conexión. En estos momentos sabemos que, si bien por muchos años se marcó la importancia de tener presencia física en los hijos y tener tiempo disponible para estar con ellos, hoy en día sabemos que, a medida que van creciendo, más importante que el tiempo de disponibilidad es la calidad del tiempo compartido, la presencia emocional, la conexión que nos permite evidenciar qué les sucede en su vida afectiva, notar las pequeñas variaciones en su estado de ánimo, percibir que algo es diferente, que algo les preocupa, comunicarnos con apertura y que los hijos sientan esa confianza para compartirse con sus padres.
Comúnmente, las mujeres se debaten en la balanza de cómo generar un equilibrio entre su maternidad y sus demás actividades. La culpa por no cumplir esas expectativas sociales o esas creencias familiares es un alto riesgo de experimentar culpa. Esto desencadena una serie de autorreproches y confusiones que en muchos casos no les permite disfrutar ni de sus quehaceres ni de sus labores de crianza.

En el caso de los padres, la posmodernidad y la nueva información les han permitido pasar de ser totalmente proveedores, a involucrarse cada vez más en labores de casa y en la vida emocional de sus hijos. Estos cambios, obviamente, podrían desencadenar en algunos agotamientos. Aquí se hacen evidentes dos aspectos cruciales. Es desgastante pensar y generar acciones para crear fuentes de capital económico. También requiere una considerable inversión de energía, tiempo y recursos ser fuente de sostén emocional, lidiando con las necesidades afectivas de otros y propias. Asumir responsabilidades afectivas puede ser crucial y necesita una mezcla de factores como empatía, comunicación efectiva, participación, juicio, paciencia, establecer límites, emociones y contacto.
Los hombres están acostumbrados a lidiar con la responsabilidad de generar fuentes de recurso económico y las mujeres con ser sostén emocional. Hoy en día, los hombres están aprendiendo y
asumiendo ser apoyo emocional, y las mujeres han sumado a sus múltiples áreas de acción la responsabilidad de generar recursos económicos, y con estos el agotamiento se vuelve algo más apremiante para ambas posiciones.
Estos antecedentes nos permiten ver que el agotamiento parental es un fenómeno cada vez más común con el que lidian las familias, madres y padres, o al menos del que están en riesgo de padecer, sobre todo si consideramos que lo descrito no es extraordinario sino esperado, cotidiano y normalizado. Empero, hay detalles que pueden hacer una diferencia significativa para caer o no en un ciclo de agotamiento, como por ejemplo el perfeccionismo y el apoyo externo. Mientras una persona tenga altos estándares de cómo deben lucir la casa, los hijos, el trabajo, es fácilmente una víctima de agotamiento. Cada vez hay que estar más dispuestos a la posibilidad de que la casa no luzca reluciente o de involucrar a los hijos en las labores de casa, aunque no lo hagan perfecto. Así mismo, es invariable cometer equivocaciones con los hijos, tener una reacción impulsiva, no haber tenido asertividad, haber fallado, y es crucial en esos casos, más que depreciarse por el error, tener la compasión y la madurez para verlo, narrarlo y dialogarlo incluso con los hijos, precisamente por lo que le enseña a ellos y porque al ponerle palabras y decirlo se aumenta el contacto, la conciencia y el compromiso para menguar la reincidencia en los mismos errores.
Respecto al apoyo externo, es vital contar con el respaldo de familiares, amistades y otros profesionales para acompañar y, en algunas otras circunstancias, resolver las situaciones que se pueden presentar con los hijos o simplemente para transitar la cotidianidad. Es crucial tener con quién dialogar sobre la rutina de la crianza y los acontecimientos familiares y contar con personas que ocasionalmente puedan recogerlos o cuidarlos. Por ello, muchas veces las personas en situación de migración o foráneos pueden desarrollar agotamiento parental si viven en una ciudad donde no conocen personas con las cuales puedan generar una red de apoyo.
Algunas derivaciones
En relación al agotamiento parental, pueden presentarse otros fenómenos, tales como la melancolía posparto y la depresión posparto. Cabe destacar que hay un abuso principalmente en la connotación, tanto profesional como popular, de la depresión posparto. Comúnmente en el plano de la salud se diagnostica a una mujer con dicha depresión sin padecerla. Muchas mujeres se autodenominan de esta forma desconociendo que, si bien están viviendo una experiencia difícil de tramitar, no obedece a una depresión posparto.

Muchas veces me he preguntado si existirá alguna mujer que viva de manera apacible y plena un puerperio; me puede parecer difícil imaginarlo tan solo por la realidad de la considerable inversión de energía que implica un parto, sumado al dolor físico que se experimenta con un parto natural o una cesárea, el proceso inicial de la lactancia materna, los cambios hormonales, en conjunto con las horas sin dormir, el ajuste y la adaptación a una vida que, si bien es producto de la grandeza del cuerpo en una mujer, es también una criatura que apenas se empieza a conocer. Sumado a en qué condiciones afectivas se encuentra aquella mujer, su pareja, o incluso si es madre soltera, su relación con ella misma en dicha actualidad, su vínculo con su cuerpo, las condiciones económicas y la existencia sólida o no de una red de apoyo.
Si bien pueden existir mujeres que narren la vivencia de partos cómodos, placenteros en conjunto con una sólida y gratificante relación de pareja, con seguridad económica y una satisfactoria relación consigo mismas. Es un hecho que en nuestra cultura muchas mujeres viven este proceso con dificultades considerables. En este sentido, el agotamiento suele estar ligado al posparto, acompañado de una posible sensación de vulnerabilidad e incluso de supervivencia a medida que pasan los días, pero también se vive con inquebrantable determinación y valentía propia de muchas madres. Una vez que lo superan y miran hacia atrás, les parece increíble haberlo logrado. A pesar de lo vivido, anhelan, planean o simplemente esperan la llegada de un siguiente bebé.
La melancolía posparto se refiere a un estado emocional de tristeza, culpa, sentimiento de insuficiencia. Es un considerar que como madre “no soy suficiente para mi bebé”; hay miedo e incremento en los niveles de ansiedad. Así mismo, el agotamiento está presente principalmente por las altas expectativas y la autoexigencia que una mujer pone sobre su maternidad. Es más común que se presente en mujeres perfeccionistas, activas profesionalmente, acostumbradas a que su valor radica en lo que hacen. La maternidad es una experiencia que las confronta con una vulnerabilidad que les cuesta aceptar en ellas. Ver a su bebé llorar, evaluar todas las variables y aun así no acertar en la razón de su llanto las confronta con sus altos niveles de exigencia, considerando inaudito fallar en entender lo que sucede. Experimentan un agotamiento significativo como resultado de las demandas propias de esa etapa de la maternidad. Además de su rumiación mental, sienten angustia por la asertividad y tienen necesidad de control, especialmente si no son productivas en otras áreas. La casa está desacomodada; no han podido invertir tiempo en arreglarse o ejercitarse o no están atendiendo a sus otros hijos como “deberían”.
A grandes rasgos, la melancolía es una pérdida, un duelo no tramitado en el que la persona se pierde a sí misma. La melancolía posparto, a mi parecer, representa esa disyuntiva de madre visible, mujer invisible, o madre invisible, mujer visible; es la pérdida de la idea que se tenía de sí misma. Tengo muy presente la narrativa de una mujer que decía:
“Cambiaría mis conocimientos, mis títulos, mis logros con tal de poder tener una buena lactancia con mi hijo; es como si ahora todos esos logros fueran nada ante el rechazo de la lactancia de mi bebé.
¿Tendré que vivir asumiendo este fracaso sin poder hacer nada más?”
Por su parte, la depresión posparto implica un síntoma clave; este es rechazo al bebé, rechazo a la maternidad. Hay diversas causas; casi siempre se relacionan con un impacto significativo hormonal. No obstante, al revisar diversos casos de madres con esta condición, se pueden encontrar antecedentes con partos dolorosos o tiempos prolongados de trabajo de parto que drenan la energía. Otras mujeres venían de procesos personales difíciles que no fueron atendidos ni valorados, sin ayuda profesional. Mujeres que experimentaron rechazo por su embarazo por parte de su pareja, de sus padres u otras personas significativas en su vida, de quienes necesitaban un respaldo que no llegó. Algunas mujeres, a pesar de la desconexión que vivencian con sus bebés, procuran atenderlos, pero en muchos otros casos las madres no tienen en esos momentos ni la energía ni la claridad mental para hacerlo, sumado a un profundo bloqueo emocional que les dificulta la vinculación con su bebé.
El puerperio es un misterio. En este contexto, tenemos una hermosa película llamada Tullyii. En ella, se muestra el extremo agotamiento de una madre y la importancia de cuidarla. Esto coincide con lo que evidenció uno de los destacados teóricos sobre madres y bebés, Donald Winnicott. Una madre puerperal es una madre bebéiii y requiere cuidados especiales, ser cargada, respaldada y sostenida tal cual. Resulta aún más conmovedor cómo la misma madre de esta historia crea simbólicamente una mujer intrépida, juvenil y dinámica que la visita en las noches, dedicándose a cuidar al bebé, arreglar la casa, cocinar platos para la familia y mientras la madre puede dormir. Sin duda, nos muestra que los padecimientos mentales y la fantasía son recursos para sobrellevar el dolor del cuerpo y el cansancio que a menudo caracteriza la vida. Sin embargo, también representan un riesgo debido a la desconexión con la realidad.
Tully es la viva muestra de la importancia de que las madres puerperales sean sostenidas cariñosamente por sus parejas y, de no contar con estas, por algún familiar o amistad que pueda estar muy presente o, en su defecto, algún cuidador del ámbito profesional, una doula, una enfermera, un terapeuta que pueda respaldar y evitar un agotamiento extremo.
Desarrollo Personal / Realización individual

Desde mi perspectiva, invertir aunque sea un mínimo de energía, tiempo y recursos en una pasión que nos conecta con una habilidad sobresaliente que poseemos es determinante para la calidad de vida. Es como tener un seguro de vida, una medicina efectiva o una terapia permanente. Anteriormente mencionaba que el desarrollo personal no estaba necesariamente relacionado con el trabajo (aunque este sea una fuente de ingresos segura) y tampoco con la creación de familia o pertenecer a una; si bien todas estas pueden sumar al sentido de vida, el desarrollo personal o la llamada realización individual es un estado que no está sujeta ni a la pareja, ni a los hijos, ni al trabajo, ni a la familia extensa; es un espacio por excelencia de inspiración del sí mismo.
Muchas personas no tienen claridad de qué es algo que podrían empezar a desarrollar; tal vez demeritan algún talento por considerar que hay quienes podrían hacerlo mejor, o como parte del sistema en el cual vivimos, se han centrado en producir lo básico para sacar la familia adelante, perdiéndose en el proceso de sus propios gustos y necesidades. Algunas personas procrastinan lo suyo por considerar que otras cosas son más prioritarias o porque temen enfrentarse a la brecha de estancarse un poco o quedarse en blanco y temen enfrentarse a esos vacíos por el tiempo tan prolongado que tienen de no haberse dado tiempo a sí mismos.
Considero muy valiosa una ley financiera que dice: “Primero, ¿podrías cerciorarte de pagarte a ti mismo?” Es decir, que al momento de recibir el sueldo o las ganancias del mes, el primer porcentaje que hay que separar es el que sí o sí se debe destinar a sí mismo como fuente de ahorro o de inversión. Después, se debe tomar el dinero de los gastos fijos y de los imprevistos. Sin embargo, la mayoría de las personas separa el dinero para sí mismo si sobra después de haber asegurado lo demás, poniendo en último lugar o a veces no dejando nada para sí. En este sentido, desde mi perspectiva, se recalca que es muy necesario que las madres y los padres le den prioridad, tiempo y espacio a sus actividades propias de desarrollo personal que promueven su expansión interna, posibilitándose que incluso estén más disponibles emocionalmente para sus hijos y con menos riesgo de caer en un ciclo de agotamiento.
Erich Fromm en su libro “El arte de amar” decía que la madre más plena es aquella que se da espacios a sí mismaiv. Se permite bucear en sus talentos y expresarlos, conectándola con una mayor ligereza en la crianza y con una mayor capacidad para amar en madurez, contención y protección para sus hijos. Esto se debe a que está más conectada consigo misma, más contenta y puede apreciarse mejor y ser consciente de todo lo que tiene para aportar como mujer. Considero que con los padres puede suceder algo similar.
Respecto a las personas que caen en ciclos de procrastinación para empezar a enfocar o priorizar sus talentos y llevarlos al desarrollo, o que incluso tienen aparentemente un desconocimiento sobre qué podrían desarrollar, o que no encuentran la forma de darle espacio y prioridad a esta parte crucial de su vida, es vital buscar un espacio de intervención terapéutica que ayude a descubrir y encausar este seguro para la vida, esta punta clave de la pirámide de necesidadesv propuesta por Maslow, donde la autorrealización es la cumbre del desarrollo.
“El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos”.vi
Amar a los hijos implica sostenerse a uno mismo en ese acto; porque cuando quien cuida se abandona, el amor deja de ser fuente de vida y empieza, silenciosamente, a agotarse.
i Psicóloga, Especialista en Desarrollo del Pensamiento Científico, Maestra en Terapia Guestalt. Doctora en Psicoterapia – Mención en Psicología Clínica, Posdoctorado en Teoría Crítica. Certificación en Fundamentos de la Clínica Psicoanalítica.
ii Reitman, J. (Director). (2018). Tully [Película]. Estados Unidos: Focus Features.
iii Winnicott, D. W. (1999). Los bebés y sus madres. Barcelona, Paidos.
iv Fromm, Erich (2000) El arte de amar, México, Paidós
v Maslow, A. H. (1943). A theory of human motivation. Psichological Review, 50 (4), 370-396.
vi Fromm, Erich (2000) El arte de amar, México, Paidós
